Tus gustos son únicos porque, en gran medida, no los eliges tú.
No podemos evitar lo que nos gusta y lo que no. Ya sea el rap de los 90, el queso azul, el arte gótico o los Aston Martin, nuestro cerebro y nuestros sentidos se alían para determinar exactamente lo que nos encanta y lo que no podemos soportar en absoluto.
Por mucho que lo intentes, si no puedes odiar a George Michael y te encantan las montañas rusas, tu preferencia personal es precisamente eso: personal.
Y nuestras preferencias, por muy peculiares y a menudo involuntarias que sean, desempeñan un papel fundamental que influye en todos los aspectos de nuestro comportamiento y en las decisiones que tomamos cada día.
Pero el gusto no es algo trivial. Es la punta del iceberg de algo mucho más antiguo y serio que la cuestión de si George era mejor en solitario o con Wham!
Hoy en día, el gusto y el criterio se citan constantemente como la gran ventaja de la humanidad en la era de la inteligencia artificial. Se nos dice que nuestro discernimiento es valioso, insustituible y exclusivamente nuestro. Lo que rara vez se nos explica es por qué.
¿Qué es lo que realmente importa de la forma en que los seres humanos juzgan, eligen e intuyen? ¿Por qué es valioso y de dónde proviene?
La razón de fondo
El razonamiento general es más o menos el siguiente: nuestra capacidad para distinguir de forma natural una decisión, una situación o una preferencia de otra es exclusiva de nosotros debido a nuestras experiencias específicas y vividas. Esta facultad crucial no está ni de lejos tan desarrollada en otros animales y, por definición, es inexistente en los sistemas artificiales. Nuestra capacidad innata para emitir juicios simplemente no puede reproducirse fuera de la experiencia humana.
Esa afirmación parece bastante razonable. Pero la verdadera razón va más allá de la mera experiencia.
Al igual que todos los organismos biológicos, nos enfrentamos a una fricción constante con la naturaleza. Algún día, en un futuro no muy lejano, nuestros cuerpos dejarán de funcionar y la vida tal y como la conocemos llegará a su fin. Cada día que posponemos lo inevitable es una victoria. Habremos superado con destreza otra plétora de desafíos que el mundo natural nos ha lanzado simplemente para seguir con vida. Si no desarrollamos la inteligencia y los niveles de conciencia necesarios para hacerlo, la fricción con la naturaleza nos abrumará.
Parte de la asombrosa evolución del cerebro ha consistido en perfeccionar nuestro juicio sensorial para ayudarnos a mantenernos a salvo y reducir los conflictos peligrosos con nuestro entorno. Hace un millón de años, el rechazo de un antepasado lejano hacia una baya concreta pudo haber marcado la diferencia entre seguir con vida o perecer envenenado.
«Nuestras intuiciones encierran una herencia milenaria de sabiduría y experiencia humanas».
A lo largo de miles de generaciones, esta información se ha conservado y se ha convertido en conocimiento intuitivo. Es lo que conocemos como intuición. Es la sensación de que algo es cierto, más allá de las palabras o de la mera información. Simplemente sabes que lo sabes.
Lo que no nos apeteció comer aquel día, hace mucho tiempo, puede que nos haya salvado de una extinción segura. Nuestras corazonadas encierran una herencia muy antigua de sabiduría y experiencia humanas. La cabeza, el corazón y el instinto no son sistemas separados. Son capas de una misma inteligencia, cada una de ellas moldeada por el contacto con el mundo real y físico.
El valor de la experiencia vivida
Se podría decir también de esta manera: nuestra inteligencia intuitiva es lo que eleva la experiencia humana más allá de lo que sería simplemente información. Solo nosotros sabemos lo que se siente al vivir, respirar, interactuar, acalorarse, sufrir y amar, y sabemos transmitirlo con cierta habilidad. El valor de esta experiencia reside en la experiencia misma.
Lo que consideramos valioso para nosotros, por encima de todo, incluso por encima de la verdad objetiva.
Puede parecer una afirmación radical, pero piensa en cómo te mueves realmente por el mundo. No sopesas cada decisión basándote en un conjunto de datos. La mayoría de las veces te dejas llevar por tus instintos. Las cosas que te importan, que proteges, que persigues y que evitas no las eliges solo por la lógica: están determinadas por algo más antiguo y menos expresable que la razón. Y te importan precisamente porque son tuyas.
Sin lo que está en juego y sin riesgo, al menos para los seres humanos, nada tiene valor. No hay razón para vivir, experimentar ni intentar nada. La fricción que experimentamos con la naturaleza, por dolorosa y costosa que sea, es también precisamente lo que dota a cada decisión, momento y oportunidad de su propia importancia.
Vivir como un ser finito es comprender y asumir lo que está en juego al seguir con vida y, fugazmente, buscar y compartir la belleza de los momentos que se intercalan.
Donde la IA no puede llegar
Es aquí donde la cuestión de la IA se vuelve realmente interesante. No en el debate habitual sobre en qué tareas las máquinas nos superarán. Eso parece ya un hecho. En los ámbitos jurídico, médico y científico, entre muchos otros, es posible que pronto ya no podamos competir con la inteligencia artificial.
La pregunta más interesante es qué tipo de ser se necesita para que todo esto tenga algún sentido.
Una IA no se pone en peligro. No muere ni percibe el mundo como algo que le cuesta caro. Preguntarle a una IA qué se siente cuando las gotas de lluvia caen sobre la piel sería una tarea tan inútil como pedirle a un humano que calcule el producto de un billón de números. Puede intentarlo e incluso imitarlo, pero nunca podrá saberlo. No porque le falte capacidad de procesamiento, sino porque no tiene un cuerpo que perder.
Es nuestro sentido intuitivo, espontáneo e involuntario, y la forma en que se manifiesta a través de nuestros deseos y valores propios, lo que nos sitúa en el centro de cualquier reflexión sobre la finalidad de la inteligencia. Esa fricción no es un defecto, sino, de hecho, la fuente misma. Nuestro contacto directo y arriesgado con la naturaleza es precisamente lo que nos da una ventaja que ningún ordenador podría comprender.
Nuestros gustos, deseos y juicios, sean conscientes o no, nos impulsan sutilmente a cada uno de nosotros en nuestras vidas y nos ayudan a tomar decisiones. Han evolucionado para ayudarnos a mantenernos a salvo y conectados con los demás. Han contribuido a todo lo que celebramos, desde el conocimiento y la ética ganada a pulso hasta la poesía, el arte e incluso nuestra concepción del amor.
Nuestro gusto y nuestro criterio no son meros adornos. Son una selección a la que nos vemos sometidos. Son una de las formas en que la vida aprende lo que la mantiene viva y una de las formas en que la cultura recuerda lo que realmente importa.
La intuición, al igual que la inteligencia artificial, ha llegado para quedarse. Y, por eso mismo, nosotros también.
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